MI PUÑAL DE PARACAIDISTA por Enrique Rodolfo Dick



En memoria del sargento de la Luftwaffe Paul Dick, paracaidista alemán, 6 saltos, 2 de combate, combatió en África del Norte en la Brigada Ramcke, fue capturado en 1943, estuvo prisionero en Canadá, vino a la Argentina en 1952 y falleció en 1994.

Es esta la historia que recuerdo de aquel momento en que llegó a mis manos mi primer, y único, puñal de paracaidista militar argentino que usé en todos mis lanzamientos. Está dedicado, este breve artículo, a mi amigo Sandro Garófalo quien a su vez se lo deja a su amigo Daniel “Baco” Atencio para su excelente sitio de Internet, y su aguda y loable curiosidad. A ambos, todo mi afecto…



Lo guardo, a ese noble puñal, con respeto, casi con reverencia. No es de la mejor calidad, está gastado, algunos puntos de óxido asoman impertinentes por su lámina, el cuero de la vaina es débil y la empuñadura es imperfecta. Pero me acompañó en mis casi 300 saltos, jamás tuve que usarlo, pero me dio la seguridad que acompaña a esa tropa selecta, con su frase “Con el cuerpo confiado en la tela, puesta el alma en manos de Dios”.

Me acuerdo, como si fuese ayer, cuando pude apreciar un puñal por primera vez. Yo era cadete del Colegio Militar de la Nación, Bajaba corriendo por las escaleras del fondo del Batallón de Infantería, y en el playón había un suboficial de espaldas que lo portaba, colgado del cinturón de galón. Lo vi grande, enorme, y me imaginé un gladius romano. Me sentí seducido por poseer uno, pero sabía que tendría que esperar para ser paracaidista.

En febrero de 1971, ya subteniente, inicié y finalicé con éxito el duro curso de un mes en la Escuela de Infantería. Allí no había puñales, saltábamos con sables bayoneta de fusil FAL, afilados (una herejía), que adosábamos al paracaídas de pecho. Mis ocho saltos fueron inolvidables.

Ya con mi brevet en el pecho, me presenté a mi nuevo destino, el Regimiento de Infantería Paracaidista “General Balcarce”, en La Calera, Córdoba. Fue el 1º de febrero de 1971. Pasados los trámites de rigor, me apersoné a la Compañía “A”, cuyo jefe, un capitán que me enseñó mucho, me puso en manos del Encargado de la subunidad, suboficial mayor Reynoso. Él fue casi un padre, me presentó a los suboficiales y me hizo conocer las dependencias. Luego, me condujo a la sala de armas y al depósito de intendencia, donde me fueron provistos los implementos del paracaidista: guantes de cuero largos, tricota verde de cuello alto, tobilleras, casco con mentonera, pistolera modelo ETA, cinturón de galón, boina roja y, al fin, el puñal, que pude elegir entre unos cuantos. Era usado y con empuñadura de aluminio, más natural que aquellos de mango de madera, para lucimiento, pero que les daba un aire de artificio. Y por último, Reynoso me cedió, de su parte, un pedazo de cuerda blanca de paracaídas, “de las viejas”, de un PEM 3, modelo argentino, con velamen de seda. Esta cuerda iba arrollada en la manopla y guarda, y para el salto, unía el puñal al paracaídas de emergencia, por si se soltaba en la caída. Pocos tenían la blanca, la mayoría utilizaba las verdes de los modernos paracaídas T 10.

Orgulloso, lo saqué de la vaina. Estaba afilado, la punta era aguzada, y necesitaba, urgente, un ajuste y algo de brillo, ese fulgor que uno le aplica a los objetos, como ése, que lo protegen. Más tarde lo llevé a la armería y el sargento primero Lenzano lo dejó cortante como una “Gillette”.



Ese fue el primer contacto, y lo sentí bien mío. Más tarde, compré otro, más lujoso, con mango de madera, punta en forma triangular, botón negro empavonado, vaina de grueso cuero cosido y alguna fruslería más. No los recuerdo mucho, pero sí el primero y único que bien digo, me preservó y acompañó, y ahora descansa de aquellas fatigas, cuando saltamos al vacío, a lo desconocido, dejando atrás el rugido del motor de la aeronave para ingresar al silencio donde pocos se atreven., y prepararse, duro, para el impacto en tierra.

Aunque nunca tuve que emplearlo, estoy seguro que con su filo, y con la firmeza de su empuñadura, hubiese podido resolver la inconveniencia.

Es testigo de una actividad de riesgo, donde el verdadero soldado es puesto a prueba, y de la que sale entero por su intensa preparación y su sentido de deber para con la Patria.

Aún hoy, en mi imaginación de antiguo soldado, me siento gritar a viva voz: ¡Paracaidista!



Enrique Rodolfo Dick para Bacotácticos.
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